sábado, 14 de mayo de 2016

CREEPY TRAIN x Renate MÖRDER


El último tren circula a oscuras. Dos monstruos se cuelan en el vagón, una anciana los mira y se pone de pie. Se desplaza hacia el coche siguiente, está aterrada. No puede quitar de su mente los cadavéricos rostros blancos y negros como dameros del infierno. Se asoma para ver si vienen, ve que están sentados. Reza. Está sola, no hay nadie a quien pedirle ayuda, nadie a quién preguntarle si los monstruos realmente están ahí o todo es fruto de su mente decrépita. Vuelve a asomarse, los monstruos hablan entre ellos, traman algo que ella no alcanza a oir porque está sorda. Piensa que quizás sean emisarios de la muerte. El tren ingresa en la estación terminal, los monstruos se desplazan hacia la puerta, se acercan a la anciana que siente que su corazón se paraliza al ver la cruz invertida que lleva uno de ellos. Baja la cabeza, se arrepiente de sus pecados y resignada espera. El tren frena, los jóvenes que van al recital de Mayhem descienden del convoy. La vieja, después de un rato, levanta la cabeza, se pone de pie y, desconcertada, se interna en la estación.

lunes, 18 de abril de 2016

KAFKA - El puente

    
 
     Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas; en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome. Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados. En la profundidad rumoreaba el helado arroyo de las truchas. Ningún turista se animaba hasta estas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.

     Fue una vez hacia el atardecer -no sé si el primero y el milésimo-, mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo; hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente, escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.

     Llegó y me golpeteó con la punta metálica de su bastón, luego alzó con ella los faldones de mi casaca y los acomodó sobre mi. La punta del bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor. Fue entonces -yo soñaba tras él sobre montañas y valles- que saltó, cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volví para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.
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